lunes, 19 de agosto de 2013

La mujer de mis ayeres

Que se nos murió el amor y no hicimos nada por reanimarlo, que ambos nos perdimos con el paso de los años, que no supimos caminar de la mano, que cada palabra se nos fue convirtiendo en reclamo, que lo que sentíamos cada vez se parecía más al hastío.
Sí, eso nos pasó y los dos lo sabemos muy bien, pero ¿para qué hablar mal de mí si hasta hace muy poco me amaste?
No te desgastes tratando de mostrarle al mundo los errores que cometí, ambos cometimos errores y no es mejor quien los grita, se vuelve más digno de respeto aquel que los calla.
¿Por qué insistes en culparme del final si ambos sabemos que en una relación que fracasa no hay santos ni demonios?
¿No sería mejor despedirnos con honores de una vida que tuvo sus momentos maravillosos?
¿No valdría la pena conservar el recuerdo de aquello que nos hizo crecer como personas?
Cuando en la calle me preguntan por ti, solo puedo contestar que te amé con toda el alma y viene siempre a mi mente lo mejor de tí, no porque no tuvieras tus malos ratos, sino porque yo he decidido recordarte con aquellas lágrimas de felicidad del día que nos casamos y no con las lágrimas enfurecidas del día en que nos gritamos tantas cosas.
No fui perfecto pero te amé; no siempre te demostré que eras mi prioridad, pero te amé; te fallé una y mil veces pero te amé también una y mil veces.
No hables mal de la pareja que fuimos porque eso habla mal de la persona que eres.
Es cierto, tuvimos días tristes, pero por cada día malo hubo 10 días perfectos, de risas, de confesiones, de amor leal, de crecimiento mutuo.
No soy tu enemigo, jamás podría serlo porque siempre serás parte de mí, no se vale odiar aquello que un día tanto se quiso, regálame un último recuerdo, deja de hablar mal de nosotros y se la mujer de mis ayeres.