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lunes, 19 de agosto de 2013

La mujer de mis ayeres

Que se nos murió el amor y no hicimos nada por reanimarlo, que ambos nos perdimos con el paso de los años, que no supimos caminar de la mano, que cada palabra se nos fue convirtiendo en reclamo, que lo que sentíamos cada vez se parecía más al hastío.
Sí, eso nos pasó y los dos lo sabemos muy bien, pero ¿para qué hablar mal de mí si hasta hace muy poco me amaste?
No te desgastes tratando de mostrarle al mundo los errores que cometí, ambos cometimos errores y no es mejor quien los grita, se vuelve más digno de respeto aquel que los calla.
¿Por qué insistes en culparme del final si ambos sabemos que en una relación que fracasa no hay santos ni demonios?
¿No sería mejor despedirnos con honores de una vida que tuvo sus momentos maravillosos?
¿No valdría la pena conservar el recuerdo de aquello que nos hizo crecer como personas?
Cuando en la calle me preguntan por ti, solo puedo contestar que te amé con toda el alma y viene siempre a mi mente lo mejor de tí, no porque no tuvieras tus malos ratos, sino porque yo he decidido recordarte con aquellas lágrimas de felicidad del día que nos casamos y no con las lágrimas enfurecidas del día en que nos gritamos tantas cosas.
No fui perfecto pero te amé; no siempre te demostré que eras mi prioridad, pero te amé; te fallé una y mil veces pero te amé también una y mil veces.
No hables mal de la pareja que fuimos porque eso habla mal de la persona que eres.
Es cierto, tuvimos días tristes, pero por cada día malo hubo 10 días perfectos, de risas, de confesiones, de amor leal, de crecimiento mutuo.
No soy tu enemigo, jamás podría serlo porque siempre serás parte de mí, no se vale odiar aquello que un día tanto se quiso, regálame un último recuerdo, deja de hablar mal de nosotros y se la mujer de mis ayeres.

miércoles, 24 de abril de 2013

Rehaciendo el amor

 
Ella se levantó para ponerse la pijama que él le había prestado, en esa noche en que los dos eran felizmente fugitivos de sus vidas.
 
- "Hace mucho que no hacía el amor", le dijo su Diego, mientras la tomaba otra vez entre sus brazos.
 
Ella le regaló una mirada de ironía.
 
- "No te creo", le dijo viéndolo de frente. "Tú mismo me has contado de tus amores fugaces, de tus aventuras con estrellas intermitentes".
 
- "Hace mucho... que no... hacía el amor", volvió a decir su Diego viéndola con esos ojos de melancolía, "Hace mucho que no hacía el amor". Lo repitió bajito, como diciéndoselo ahora a él mismo.
 
Y ella cerró sus ojos y apretó sus labios para no decir nada más, no había palabras que valieran, quería guardarse ese momento en el que había entendido que ella también tenía mucho sin hacer el amor.
 

jueves, 28 de febrero de 2013

La paloma y su elefante


Mi humilde homenaje a la mujer que representa fortaleza y valentía,
con convicciones y pasiones que desbordaron su tiempo y su ser.
Porque creo que todas las mujeres, en algún momento 
de nuestras vidas, amamos a un Diego como el suyo. 
Dedicado al amor de ella y no al de él, 
porque a su Diego me cuesta entenderlo, 
porque su vivir es tan parecido a aquel 
que cree que nació siendo serpiente 
y se arrastra sin ver 
que está ensuciando 
sus alas
LD


A veces creo que no debí amarlo, otras veces (la mayor parte del tiempo) creo que él me hizo ser lo que fui, que sin su paso desastroso por mi vida yo no hubiera podido ser tan fuerte. En el más acá me preguntan si en verdad creo que me amó, yo digo con firmeza que sí, que él, mi panzón me amo más que a nada en el mundo. ¿Que si me engañó con todas las faldas que se le cruzaron por enfrente?, ¿Que si yo lo engañé un poquito también como una justa venganza ante sus traiciones? 
Sí, la respuesta es sencillamente sí. Pero yo lo amé y él me amó de eso nunca he tenido dudas. El mundo no siempre entiende los amores eternos como el nuestro porque están acostumbrados a que todo tenga un fin, lo nuestro nunca lo tendrá, podría acostarse con todas las mujeres del mundo y aún así, mi Diego, seguiría pensando en mí y yo irremediablemente volvería a amarlo y sufrirlo cuantas vidas tuviera.
Lo curioso de amarlo es que nunca pensé que iba a sentir toda esta pasión, la vida con él era un tormento pero me ayudaba a entender de mejor manera mi propia existencia. Me hizo probar a cada instante que estaba hecha de buena madera, yo nunca me quejé de que la vida no fuera cálida y compasiva conmigo, porque lo tuve a él y él sí lo era, su presencia era siempre contradicción, vivir en una guerra al borde de la paz, esa paz que solo puede uno sentir cuando ha encontrado la pieza que le faltaba al complejo engranaje del alma. Al principio no voy a negarlo, lo quería solo para mí, quería que todito me perteneciera, pero él no era así, nunca fue así, cuando lo entendí pude dejar de lado la idea de la fidelidad y aferrarme a que fuera mi inspiración, mi guía, mi compañero de vida estuviera presente o no. 
Mi Diego me amaba tanto que sólo él hubiera sido capaz de matarme para evitar que siguiera sufriendo por este cuerpo terrenal que tanto me atormentaba. Ese panzón me hizo la vida un infierno pero inexplicablemente disfrutaba que esas llamas me quemaran. Hoy ya no estoy, hoy ya no está en esa existencia que ambos pintamos de mil colores, ahora nos pertenecemos en un espacio etéreo, con la cara al viento, con un pincel en la mano y el corazón de mi elefante en la otra, le grito al mundo que el amor no tiene que ser siempre como nos lo han dicho, a veces, unas cuantas veces, el amor se presenta apasionado, guerrillero, rebelde, tormentoso y son esos amores los que no van a morir ni aunque la estúpida muerte se lleve a los que aman.

"¿Las mujeres que he amado? Tuve la suerte de amar a la mujer más maravillosa que he conocido. Ella fue la poesía misma y el genio mismo. Desgraciadamente no supe amarla a ella sola, pues he sido siempre incapaz de amar a una sola mujer. Dicen mis amigos que mi corazón es un multifamiliar. Por mi parte, creo que el mandato “amaos los unos a los otros” no indica limitación numérica de ninguna especie sino que antes bien, abarca a la humanidad entera."
Diego Rivera

domingo, 30 de diciembre de 2012

He de confesar que amo a dos hombres

Irremediablemente la vida me sorprende una vez más, y justo cuando creí que no podía ser todo más perfecto, el camino a recorrer da un giro inesperado. Los días me retan, como queriendo poner a prueba a la mujer que está segura de su vida y de sus decisiones, como preguntándome si estoy lista para afrontar aquello que siempre quise tener.

La situación es que he decidido confesar que amo a dos hombres. Antes de emitir cualquier crítica me permito también informarles que mi cabeza no escucha razonamientos, tan solo los ama locamente, sin límites y sin pausas. Sí, se que para muchos ningún argumento que pueda darles vale lo suficiente como para entenderme, pero tampoco exijo que me comprendan, tan solo quiero confesarlo. Es así de sencillo y maravilloso a la vez, mi corazón melancólico y soñador ama a dos hombres con una intensidad que hasta ahora no conocía. No podría decidirme por uno, ahora los dos son mi vida, mi inspiración, mi fuerza, mi refugio. Ambos me hacen ser lo que soy.

Uno me encontró siendo una niña, se enamoró de mi por lo que era y decidió amarme por lo que ahora soy. El otro me proyecta a lo que siempre quise ser, me llena de ilusión y me hace esperar ansiosa un futuro que se aproxima.

Uno de ellos es mi faro de luz, el que me guía aún cuando la tormenta amenace el mar de mi existencia. El otro espera mis brazos, quiere que yo esté para él, no da treguas, me necesita para vivir.

Uno es mi sueño, el otro mi desvelo. Uno me mira con esos ojos apasionados y constantes que me hacen sentir compañera, mujer. El otro tiene una mirada tierna que me provoca besarlo y tomarlo entre mis brazos para que nunca nada pueda alejarlo de mí.

Uno me toma en cuenta, adivina mis pensamientos, me tiene presente a cada minuto, me ha hecho parte de su vida. El otro hace su voluntad sin preguntarme qué es lo que deseo, me cambió por completo, me hizo estar pendiente de sus necesidades antes que las mías. 

Uno ha sido mi amor eterno, aquel que ha permanecido constante a lo largo de los años. El otro es un destello intermitente que brillaba en el cielo cual estrella pero que de pronto se apareció, cambiando el rumbo de mi vida.

Uno me ha hecho una promesa de amor eterno que ha llenado mi alma entera. El otro ha llegado como un torrente que con su fuerza lo  inunda todo de una magia indescriptible.

Tengo la certeza de que uno de ellos estará conmigo siempre, me verá envejecer y sostendrá mi mano cuando ya no pueda caminar por mi misma. El otro me amará por siempre, pero no siempre estará conmigo porque sé, que llegará un día en que deba verlo partir.

He de confesar que amo a dos hombres y sospecho que los dos lo saben, pero ninguno me reprocha nada porque gracias a uno conocí al otro, es más, en el fondo creo que hasta se parecen, tienen gustos similares porque los dos me escogieron a mí, uno como su esposa, el otro como su mamá.


viernes, 24 de agosto de 2012

Los que aman [Infinito]


Caminamos a paso lento, tenemos la mirada puesta en el futuro, nada de lo que pasa alrededor puede cambiarnos. Sí, es cierto vamos desentonando con el mundo, ése que nos observa como si fuéramos fantasmas, pero a nosotros no nos importa porque lo que vale es el reflejo propio, visto en esos ojos que nos dicen tanto. De vez en cuando el mundo intenta comprendernos, hace una pausa y nos envidia. Pero nosotros seguimos dóciles, encantados, rodeados de una magia sublime. El mundo nos concede una tregua y de pronto se detiene al ver que nos besamos, no hay sonidos, no hay tiempo, no hay gente cuando estamos juntos. No hay olvido, no hay memoria, solo estamos nosotros, solo existimos cuando nos nombramos, no hay otra voz, otra mirada, otro abrazo que nos haga ser. La lluvia no nos moja, la costumbre no nos mata, la distancia no nos separa. Nos han llamado de mil formas, nos han dicho que esto que sentimos es pasajero, que nada dura lo suficiente para ser eternamente bueno, pero nosotros nos contemplamos con dulzura y seguimos siendo incrédulos de lo que dicen, nos aferramos a la comunión de nuestros cuerpos. El mundo podrá hablar simplemente porque tiene voz, pero a nosotros esa voz no nos toca, no nos mancha, seguimos inmaculados porque no escuchamos, porque somos sordos y solo distinguimos el sonido que produce el latir del corazón. Sí, es cierto vamos cada día desentonando más con el mundo, pero que maravillosa forma de demostrarle al universo que en él encontré mi trozo de infinito.

Con un enorme agradecimiento a la vida por celebrar hoy la llegada en el pasado de mi razón de vivir. 
¡Feliz cumpleaños a mi trozo de infinito!

miércoles, 15 de agosto de 2012

Consumación de una frase incompleta


"Dicen que todo lo que nosotros estamos buscando, también nos busca a nosotros y que, si nos quedamos quietos nos encontrará". Se leía en un cuadro con marco color plata que colgaba  en la puerta principal de aquella librería donde ella trabajaba. Todos los días la veía detenidamente al entrar al lugar y hasta parecía que cerraba sus ojos como queriendo con todas sus fuerzas que esas letras fueran ciertas.
Ya se había cansado de los cuentos de la vida y por eso cuando no había clientes ella misma escribía sus historias, a veces ella era la protagonista, otras más dejaba que sus musas revolotearan creando personajes de ficción. A ella le gustaba imaginar que sus letras se mezclaban en el aire de la librería con las viejas letras contenidas en aquellos libros de Borges, Hemingway y Verne. Controlar el momento en que ponía el punto final a las historias le daba una satisfacción que no tenía en la realidad.
Cuando llegaba un cliente a aquel lugar cálido de libros e historias, generalmente sabían lo que iban a comprar, pero si ella era la que los atendía, entonces era común ver que salieran con uno o dos libros más, casi siempre novelas clásicas que ella les narraba con tanta emoción que no les quedaba de otra más que comprar el libro para saber el desenlace. 
Los viernes se cerraba temprano el lugar y ella echaba llave a la vieja cerradura de la puerta más para que no se escaparan las musas que para que no se robaran los libros. Y claro, no perdía oportunidad para echar un vistazo a la frase que siempre llevaba consigo: "Dicen que todo lo que nosotros estamos buscando, también nos busca a nosotros y que, si nos quedamos quietos nos encontrará", parecía querer memorizar cada una de las letras de aquel cuadro y después caminaba más lento, como repasando el mensaje que contenían.
Una mañana de agosto, entró por la puerta un hombre de edad avanzada que ella no había visto nunca, sus ojos estaban coloreados de un azul profundo y sus manos eran pequeñas, con paso firme y mirada fija se acercó al mostrador y le pidió un libro, "Luz de Agosto" de William Faulkner. Ella nunca lo había leído y la tomó por sorpresa lo decidido que estaba aquel hombre al elegir su lectura, por lo que le preguntó si sería todo lo que llevaría o si le gustaría llevarse además un libro que seguro le iba a gustar. Él no respondió a la pregunta, ella rápidamente levantó sus manos hacia el estante color amarillo y bajó un pequeño libro con portada oscura "Gracias por el Fuego" se alcanzaba a leer en el encabezado y comenzó a contarle con los ojos llenos de emoción la historia de Ramón Budiño, y lo incitó a querer conocer el final de esa novela donde la frustración de un hijo al no poder llevar a cabo el asesinato de su padre lo lleva a una introspección profunda de él y de la sociedad en la que vive. El hombre la observaba atento, ya con la obra de Faulkner entre sus manos, pero intrigado más por la pasión de ella que por comprar la novela de Benedetti. Asintió con la cabeza y sonrío un poco. Sacó su cartera del bolsillo derecho del pantalón y al jalar el billete de 500 pesos cayó al suelo una fotografía en blanco y negro de una bella dama. Ella se agachó a recogerla del suelo antes de cobrarle y le preguntó si era su esposa la hermosa mujer de la fotografía. Él le contestó que no solo era su mujer sino el amor de su vida. 
La chica del mostrador sonrió por la ternura en los ojos de aquel hombre y observó con detenimiento la imagen. Dale la vuelta, se escuchó decir al hombre y ella lo hizo. Había una frase escrita con tinta azul en la parte posterior  que iniciaba con un ilegible día de marzo. "Dicen que todo lo que nosotros estamos buscando, también nos busca a nosotros y que, si nos quedamos quietos nos encontrará". Sintió como un escalofrío recorría su cuerpo y el hombre sonrío un poco antes de contarle que él era el dueño de la librería y que al morir su esposa hace 5 años, él mismo había colocado el marco con esa frase que ella solía pronunciar a menudo y que se encontraba en el anverso de la fotografía. Le dijo también que visitaba con frecuencia el café de enfrente para leer y que muchas veces observó como al salir de sus labores en la tienda, ella dirigía su mirada al letrero con una fe envidiable, así que ya que estaba aquí y aprovechando el descuido al dejar caer la foto iba a decirle que siguiera creyendo, que no había poder más fuerte que la fe en lo que creemos, aún si otros le restaban significado. Le contó que una mañana antes de salir a comprar los víveres de la casa, ella, su esposa lo detuvo para darle un beso en la mejilla y le agradeció su compañía de tantos años, él observó con ternura la forma como su mujer le decía que lo amaba y la vio más linda que nunca, ya no eran jóvenes pero ella le seguía pareciendo hermosa. Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas cuando le contó a la chica de los libros que justo antes de cruzar la puerta, su mujer pronunció la frase del cuadro y de la foto y le lanzó un beso a la distancia. Murió a los 2 días de un infarto, su corazón le falló pero él nunca iba a fallarle. Así que le dijo a la joven que ahora él estaba quieto, esperando solo a que ella lo encontrara, como la primera vez cuando la conoció en aquel parque. Solo se dedicaba a leer y a esperar por ella, por eso el negocio de la librería. La chica del mostrador salió por detrás de la caja registradora y abrazo a aquel hombre enternecido hasta las lágrimas. Ella que había leído todos los días la frase, le reveló que conocía lo que seguía, no era una frase con punto final, la autora era Clarissa Pinkola y la frase del cuadro continuaba así: "Es algo que lleva mucho tiempo esperándonos. En cuanto llegue, no te muevas. Descansa. Ya verás lo que ocurre a continuación. Experimenta la paz dentro de ti, confía en que te encuentras exactamente donde debes estar, no olvides las posibilidades infinitas que nacen de la confianza en ti mismo y en otros, utiliza los dones que has recibido y transmite el amor que se te ha dado". 
A la mañana siguiente dos marcos colgaban de la puerta. La frase estaba completa y esos dos nuevos amigos también.

martes, 19 de junio de 2012

Itinerante [Circo de las Ilusiones]

Pasaron 5 años desde que bajaron el telón de la última función del circo de las ilusiones. Los números ya no daban para sostener las giras por el interior, les explicó apenas un par de semanas antes Don Cosme el administrador de la compañía, a los artistas que durante una década trabajaron en el circo. La noche del fin llegó como llegan todas las fechas fatales y la función fue en verdad especial. Tuvieron una luna que bañaba de luz las lonas de la carpa y mil estrellas que palpitaban al ritmo de sus corazones, y así con las risas de los niños, el olor a aserrín y algodón de azúcar y el letrero luminoso de la entrada, los artistas del circo se despidieron de su público que les aplaudió de pie al final de la función premiando su entrega de siempre. 


Esa noche no solo se despidieron de los aplausos y de ese pequeño poblado al norte de San Roque, también entre ellos se tuvieron que decir adiós. Durante 10 años habían vivido juntos en aquellas casas rodantes que los hicieron estrechar lazos de amistad, que los unieron, y los separaron también cuando el cansancio de la jornada los hacía enojarse por detalles insignificantes. Eran una familia, una familia que esa noche estaba a punto de desintegrarse. Se abrazaron entre lágrimas e incertidumbre, deseándose unos a otros buena fortuna.

"Brindemos antes de partir", dijo Don Cosme, que ya se acercaba con algunas copas y una botella de sidra. "Por el circo de las ilusiones, mis queridos amigos".

"Salud", pronunciaron todos fundiéndose en una sola voz.

Desde el fondo de la carpa se dejó ver la sombra de una mujer robusta. "Hoy es una noche especial, así que voy a regalarles a cada uno de ustedes una visión del futuro, y no tanto como un regalo sino como señal de agradecimiento por tantos años que aguantaron mi mal genio", sentenció la mujer más temida del circo, la del pelo largo y crispado, la de la sonrisa burlona, Aura como la llamaban todos. "Quién deseé saber qué le depara el futuro bien podría venir a verme antes de que me ponga borracha". Y de un tirón entró a su tienda con su copa espumante en la mano, ya tambaleándose un poco.

Aunque al principio todos siguieron brindando y charlando sobre lo que habían sentido al caer el telón de la última función, poco a poco y muy discretamente fueron desfilando frente a Aura los artistas del circo de las ilusiones. Todos ellos sabían que lo de Aura no era charlatanería, aquello era verdaderamente un don. Nadie olvidaba aquella vez que se quemó la parte trasera del circo. Una noche antes, Aura había advertido que un calor incesante inundaría la carpa. "Pasará algo y más les vale que dejen de apagar aquí sus colillas de cigarros o nos quemaremos todos" les había dicho a Lucho, el domador de leones y a Juan, el trapecista. Y así pasó, la noche siguiente la carpa fue consumida por el fuego que comenzó con un cigarrillo mal apagado. En otra ocasión le dijo a Elena, la mujer de la cuerda floja, "tendrás que dejar tu acto, las alturas no le vienen bien a los bebés", y a los 9 meses con 5 días estaba naciendo una hermosa niña a la que Elena le puso Cielo.

El primero en entrar a ver a Aura, fue Don Cosme. "Mi viejo amigo de parrandas, pase, siéntese aquí frente a mi. A ver, déjeme ver, a usted aún le queda larga vida y un gran futuro por delante, este circo se termina pero no así su buena fortuna, ya lo verá".


Don Cosme soltó tremenda carcajada, "lo sabía, soy un hueso duro de roer y es bueno saber que seguiré vivito y coleando, porque no voy a mentirte Aura, tenía miedo de lo que pudieras decirme, tengo una tos que no se me quiere ir, y a veces termina por preocuparme pero yo bien sé que estoy hecho de buena madera".


"Eso ni dudarlo viejo" dijo Aura, mientras Don Cosme se levantaba de su silla y salía de la tienda tosiendo un poco. Al ver que se marchaba, Aura solo movió la cabeza y bajó la mirada hacia las cartas que tenía entre sus manos.


El segundo en entrar fue el payaso sonrisas, Luis era su verdadero nombre. "Aura, quiero que me digas la verdad, ¿qué me depara el futuro?". Luis siempre había sido un hombre vulnerable que solo hacía honor a su nombre artístico en el ruedo del escenario, porque fuera de él vivía atormentado por su pasado. "Encontrarás el amor Luis, seguirás sonriendo y trabajando con los niños, las cartas lo dicen claramente", dijo Aura mientras echaba sus cartas a la mesa. "¿Regresará conmigo Martha?" le preguntó el payaso cuya sonrisa comenzaba a dibujarse realmente en su rostro, ya no por la pintura sino como una mueca ahora perceptible en su cara. "Parece que al final ella se dará cuenta de que realmente te amaba y en unos meses la verás llegar a tu lado". Luis, el payaso de las sonrisas salió radiante y esa noche comenzó a emborracharse de felicidad. 


"Ahora me toca a mi", dijo Elena y entró con Cielo entre sus brazos. "Pasa querida, siéntate aquí y dime qué es lo que deseas saber", le dijo Aura viéndola fijamente a los ojos. Cielo comenzó a llorar y Elena la arrulló entre sus brazos. "Quisiera saber si el papá de mi hija alguna vez querrá conocerla". Aura echó las cartas y después de verlas detenidamente por un rato, le contestó "Elena, no seas ilusa, más vale que ese hombre no se acerque a tu hija, no es lo que aparenta y tú lo sabes bien, ese hombre te buscará pero por lo que más quieras no dejes que se acerque a tu pequeña". Elena abrazó con más fuerza a su Cielo y se levantó asustada.


Todos seguían afuera brindando y charlando sobre esos años de anécdotas y vivencias en el circo de las ilusiones, platicaban de aquellos lejanos poblados que visitaron, a los que llevaron un poco de alegría, de esas funciones gratuitas que dieron cuando se daban cuenta que los papás de los niños no tenían ni para comer. Recordaban en especial una noche de intensa lluvia en un lugar llamado El Caporal, el cielo tronaba y el terreno estaba lodoso, pensaron en cancelar la función nocturna pero ya los boletos estaban agotados así que decidieron que el show debía continuar. Todo había salido bien hasta que el acto de los leones se salió de control. Lucho ejecutaba como cada noche su espectáculo en el que dos de los enormes animales, saltaban por un aro de fuego. Sin embargo en el momento en que uno de ellos se disponía a saltar, un trueno retumbó en la carpa del circo y fundió las luces del interior. El león asustado se abalanzó sobre Lucho, haciéndole heridas leves en el antebrazo derecho y conmocionando a la concurrencia. El susto que se llevaron todos había sido colosal, pero ahora solo reían al recordar las caras que habían puesto al ver semejante escena.


Juan, el trapecista estrella del circo, se sirvió una última copa de vino y entró con ella a ver a Aura. "De todos eres tú al que más deseo decirle lo que le depara su fortuna, y no echaré las cartas, porque lo que para ti viene es fácil de predecir". Él la observó con la mirada húmeda y aventó un suspiro. "Juan tú amas a Cecilia más de lo que quisieras y aún así le haces daño, cada noche durante estos 10 años los he visto aventarse del trapecio, arriesgando sus vidas, pero confiando uno en el otro, sabiendo que no van a soltar sus manos en el aire, aferrándose a esas barras de metal que los llevan de una orilla a otra. Bendita ironía del destino, todo este tiempo ella confió en que no la soltarías y nunca lo hiciste en las presentaciones, pero la soltaste en la vida, la dejaste ir y ahí mi querido amigo, no hay ensayo que valga, no puede uno repetir el acto, ni practicar hasta que se acaban los errores. La vida cobra caro y si uno se equivoca, lo pierde todo y tú lo perdiste todo. Cecilia vivirá sola lo que le quede de vida, a eso la has condenado y tú vivirás queriendo borrar aquel día en que la dejaste ir. Pero no pongas esa cara Juan, tal vez, en un vuelco del destino  puedan estar juntos, después de todo el amor vence por sobre todas las cosas no lo crees". 


"Fui un tonto Aura, todos en el circo rumoran y hablan sin saber lo que me duele no tenerla, lo triste que es tomar sus manos solo en las funciones y que solo arriba del trapecio cruce su mirada con la mía. Fui un egoísta que pensó solo en mi, que quería que no se acabaran mis años de juventud para seguir disfrutando de las mujeres, del alcohol, de las fiestas. Ser artista de este circo me trajo mil bendiciones pero también me hundió en la soledad por mi maldito ego. Solo quiero que leas en tus cartas que ahora que termina el circo tengo esperanzas para luchar por Cecilia, voy a lograr que me perdone, ¿lo lograré verdad?", le cuestionó el trapecista.


"Yo creo que lo harás, solo no olvides algo, tenemos muchas vidas para amar a quien realmente es nuestra alma gemela", contestó Aura sin mirarlo a los ojos. Juan la abrazó y hasta un beso le dio en la mejilla. Ella se limpió el beso y él salió de la tienda más sonriente que el payaso del circo.


Cecilia no quiso entrar, sus creencias religiosas le impedían confiar en unas cartas, para ella todo aquello era pagano, el único que conocía el destino final era Dios y ella no quería hacer enojar a ese bondadoso ente celestial que castigaba a sus hijos pecadores con las llamas del infierno. Ella prefirió seguir escuchando lo que Elena le contaba de  las predicciones que Aura le había compartido sobre el papá de Cielo.


"Anda Lucho, te toca entrar con Aura", le dijo Don Cosme al domador de leones, mientras le quitaba de la mano su copa de vino y se la tomaba de un solo trago.


El turno ahora era de Lucho, un hombre fuerte en todos sentidos, con la voz firme y la mirada ausente, convivía más con los animales del circo que con sus compañeros, casi no conversaba con nadie y tomaba vodka todos los días.


"A mi no vas a engañarme Aura, todos han salido de tu tienda felices con tus predicciones pero algo me dice que les mientes, mírame a los ojos y dime que me equivoco, allá están ellos afuera brindando por el futuro que tú les auguras prometedor y yo no creo ni una centésima de todas esas porquerías que les has dicho", Lucho terminó de hablar y de un trago le bajó la mitad a su botella de vodka.


Aura sonrío, "A ellos los engaño pero a ti no puedo engañarte, me conoces demasiado. Nada de lo que les he dicho es cierto, las cartas me han mostrado justo lo contrario, pero para que decirlo, ¿quién de estos pobres cirqueros quiere irse de aquí sabiendo que su destino no será de dicha? Miento, es cierto, pero al menos les regalo esta noche, donde todos creen que serán felices y eso es mucho más de lo que tú podrías hacer por ellos".


Lucho, bajó la mirada y con voz firme le dijo a Aura, "Por lo menos a mi dime la verdad vieja embustera", Aura reviró de inmediato. "Quieres saberla, perfecto, pues Don Cosme morirá solo en unos días. Luis, el payaso seguirá buscando a Martha y nunca la encontrará porque ella se fue muy lejos con otro hombre, la realidad es que nunca lo amó y él no se resignará. A Elena sí la buscará el papá de su hija pero su destino depende de lo que ella decida hacer con eso. La historia de amor de los trapecistas, Juan y Cecilia se tornará dramática, porque ella se va a suicidar esta misma noche, y Juan, el pobre de Juan vivirá atormentado toda su vida".


"Aura por el amor de Dios, eso es horrible, si de verdad es cierto lo que dices, hagamos algo para impedir que pase", dijo Lucho con los ojos llenos de desesperación. "Hay cosas que uno no puede impedir, amar, morir, son justo esas cosas que no pueden cambiarse de rumbo. ¿El futuro sería distinto si yo les dijera que hoy no solo termina el circo de las ilusiones sino la vida de Cecilia también? No, ya te lo dije, nada puede cambiarse y esta noche las vidas de todos aquí en el circo, se verán marcadas para siempre, por eso les mentí".


"Pero ella es creyente, cree más en Dios de lo yo he podido creer en mi durante toda mi vida", dijo Lucho, "ella no podría matarse a si misma". "Lo hará", le dijo Aura, sin poder mirarlo a lo ojos.


Lucho se levantó con la botella de vodka casi vacía entre sus manos, con ésta había bebido ya 4 botellas. Hizo a un lado la cortina de la tienda de Aura y se detuvo de repente tambaleándose por los efectos del alcohol. 


"Espera un minuto, a todos les mentiste, les escupiste una mentira tras otra en su cara, ¿por qué voy a creerte, qué me hace pensar que me estás diciendo la verdad? Hay algo que no concuerda en tu estúpida historia sobre la muerte de Cecilia, ella no podría quitarse la vida, eres una vil embustera, que engaña sin escrúpulos".


Aura se acercó a él, y le susurró muy cerquita, "es cierto ella no va a quitarse la vida, pero sí morirá esta noche. Te lo dije y fui muy clara, el amor y la muerte son cosas que no se pueden cambiar, en eso tenemos el rumbo marcado y hacia allá vamos nos guste o no, nos lean las cartas o no, creamos en ello o no. Es cierto que te he mentido en parte de la historia, como a todos los demás, pero no fue en la parte de su muerte".


Lucho, con los ojos llenos de enojo por las palabras de Aura, aventó la mesa donde momentos antes ella había estado leyendo las cartas, que salieron volando por toda la tienda. Cayeron al suelo unas imágenes de santería y dos vasos con agua salada que se quebraron, Lucho también cayó al suelo y apenas si pudo levantarse. Aura cerró los ojos y le dio la espalda, dirigiéndose afuera de la tienda. "Maldita bruja", le gritó Lucho con furia mientras tomaba del suelo su botella de vodka y se la arrojaba con todas sus fuerzas. Aura la vio volar por encima de ella, rozando sus cabellos crespos.


Un grito de horror se escuchó entre los artistas del circo. Era Elena. Todos dirigieron hacia ella su mirada. Cecilia yacía inerte en el suelo, con la cabeza sangrante y cerca, muy cerquita de ella, una botella de cristal con una etiqueta azul en la que se leía la marca de un vodka barato.


Aura solo dijo en voz baja, casi imperceptible "¿Alguien más quiere que le lea las cartas?".

martes, 29 de mayo de 2012

Deseo [Historia de una pasión que se evapora]

Me quema la piel con su mirada, sus abrazos son una invitación a dejarme llevar por lo incorrecto, sus besos se me quedan pegados en el alma, su olor me penetra y se evapora, sus manos apenas si me tocan pero sé que en su mente ya me ha acariciado por completo, mi sangre entra en ebullición cuando se aproxima, me vuelve a mirar con sus ojos fijos y sabe que lo deseo; lo observo de reojo y sé que me desea, ambos podríamos dejarnos llevar por la pasión o simplemente saludarnos y decirnos hola. 

lunes, 21 de mayo de 2012

El niño que se convirtió en el hombre de mi vida

Intenté ponerles nombres ficticios a los personajes de esta historia pero luego me rehusé a hacerlo. Tengo el derecho  porque no solo soy yo la que la escribirá, sino que soy también la que la ha vivido todos estos años. Así que por esta ocasión me perdonarán mis lectores pero voy a narrar una historia que me pertenece completa y que comenzó cuando  era una niña que estaba por terminar la secundaria, aquella con el cabello corto y la misma sonrisa de aquí no pasa nada que conservo aún. Tenía la mirada confiada y mis manos desde entonces eran frías. El destino quiso que la historia de mi amor fuera mucho mejor que cualquiera de esas historias que escribo aquí mismo, ninguna de ellas podría igualar lo que he vivido por tantos años. Parece como si Dios me retara, como si me dijera "A ver Libia, crees que tus relatos son buenos, espera a que vivas el que estoy escribiendo para ti".
Lo conocí una tarde de fin de semana, en un lugar de retiro, allá lejos de todo y de todos. Sus ojos llenos de lágrimas se toparon con los míos que también lloraban. Éramos dos niños que intentaban entender el mundo, que querían solucionar problemas que estaban fuera de su alcance, éramos dos almas solitarias que desde el primer momento se llamaron. Fuimos como dos imanes que una vez juntos no pudieron separarse.

Una carta lo inició todo. Sus pasos se acercaron hacia mi, él estiró su mano y yo tomé esa hoja de cuaderno doblada. La quise guardar entre mis piernas. Mis mejillas se pusieron rojas porque todas a mi alrededor me observaban, a los 14 años uno suele ser muy competitiva cuando de varones se trata, y la situación se vuelve aún peor cuando en nuestra escuela no estábamos acostumbradas a ver niños, así que ellas seguro pensaban en qué podía tener yo, con mis dientes chuecos y mis piernas flacas como para que él se fijara en mi. Y tenían razón, él me vio brillar cuando yo no tenía luz, se enamoró de mi cuando yo no sabía que quería hacer con mi vida, me observó con sus ojos cálidos, me vio despintada y despeinada y aún así, en las líneas de esa carta escribía que yo le parecía linda.


El cielo nos regaló 3 días que marcarían el resto de mi vida. No hubo entre nosotros nada más que la convivencia de dos que se intuyen permanentes, pero que no saben que pasará con el futuro. Nos regalamos un abrazo al partir y con eso tuvimos para anclarnos por muchos años a ese momento que inexplicablemente lo iluminaba todo.

Despedirme de él aquella tarde de domingo en San Miguel de Allende fue el primer dolor de mi corazón, llegué a casa más sola de lo que me fui. En ese retiro exorcicé muchos fantasmas que me atormentaban, perdoné a quienes sin saberlo me habían lastimado, me acerqué a Dios pero esa noche, ya en mi cama me dormí triste porque había conocido a alguien especial y sentía que no lo vería más. Viendo al cielo lo extrañé como nunca había extrañado a nadie. 


No fue la única noche que me hizo falta, pero encontramos la manera de seguir unidos, las letras fueron la fuerza que nos mantuvo como imanes uno al lado del otro. Los tiempos eran distintos y había que esperar a depositar la carta en el correo postal, que viajara hasta su destino y una vez en las manos del otro, al abrirla, esperar que volaran las letras como mariposas. Una carta en particular recuerdo en la que me escribió que si me sentía sola, levantara la vista hacia el cielo y esas estrellas iban a recordarme que él estaría siempre conmigo. Así lo hice noche tras noche y las estrellas de pronto se convirtieron en mis cómplices y compañeras. 

La vida pasó, los años transcurrieron y nos volvimos otros, ya no éramos niños que jugaban a quererse a la distancia, ahora éramos adultos que tomaban decisiones con sus vidas. Ambos encontramos el camino que nos llevó más cerca de lo que queríamos ser, atrás habían quedado los miedos al futuro, la incertidumbre de no saber que profesión elegir y poco a poco, se alejaron las dudas pero con ellas también se fueron nuestras letras, ya no hubo más cartas y es curioso, pero aunque pasé algún tiempo sin saber de él, nunca lo sentí lejano, estuvo ahí aún cuando ni yo misma lo veía.

Ambos vivimos nuestras vidas, amamos, nos amaron, nos caímos y nos levantamos, pero a menudo recordaba aquellas cartas, aquellos que fuimos, recordaba lo que significó tener el refugio de sus letras y sus palabras siempre diciendo que todo estaría bien, y en verdad sentía que tenía una deuda conmigo misma, me había prometido que iba a volver a verlo, era una corazonada pero sabía muy dentro de mi, que había llegado para quedarse.

Después de algunos años fue él quien me encontró y regresamos a escribirnos, ahora largos correos electrónicos que aunque tenían la ventaja de la celeridad, jamás suplieron esas hojas de papel escritas por su puño y letra. Nuestras reflexiones eran ahora más maduras, con otras inquietudes, con otras vivencias, pero con el mismo amor de siempre. Paradójicamente ahora estábamos en continentes distintos, más lejos que antes pero nunca me sentí más cerquita de él.

Queríamos vernos, planeábamos vernos, pero aún había que aprender lecciones antes de volvernos a ver. Se lo dije en un correo creo que nuestro reencuentro espera el momento para ser perfecto. Ambos teníamos cosas pendientes, y eso no impidió que las letras nos abrazaran. Nadie nunca entendió como él mi pasión por escribir, me respondía con cartas maravillosas que parecían sacadas de una novela de mi Benedetti, él y solo él me acompañó en cada momento de mi vida, estuvo ahí cuando más me hizo falta. Pero tenía miedo, verlo era como echar una moneda al aire, deseaba con todo mi corazón ver a los ojos a quien por 13 años solo conocí a través de sus letras, 156 meses de ausencia física, no habían podido hacerme olvidar lo que provocó en mi aquel niño que estiró su mano para darme una cartita.

Comenzamos a hablarnos y por fin elegimos noviembre para volvernos a ver. Tomé un avión que me llevó hasta donde estaba, pero no lo abordé sola, con mi equipaje iban también mis temores de lo que encontraría al llegar y de que no fuera él o yo lo que esperábamos. Al caminar por el pasillo del avión buscando mi lugar, sentí como iba cambiando de a poquito, con cada recuerdo que venía a mi mente retrocedía un año en el tiempo. Después de todo, solo habíamos estado 3 días juntos y 13 años separados por una distancia que dolía, pero no podía estar equivocada, esas cartas interminables, esas llamadas, hacían que toda esta espera tuviera sentido. La sobrecargo anunció lo que la vegetación ya me había hecho notar, que habíamos llegado a nuestro destino y nadie mejor que yo lo sabía. 

Me levanté sintiéndome más ligera, como si volviera a tener 14, mis manos estaban más frías que de costumbre. Caminé despacio hacia la salida del aeropuerto, no sabía si en verdad hacía tanto calor o si eran mis nervios por volverlo a ver. Lo distinguí a través del cristal, su sonrisa era la misma y sus ojos que también sonreían me dieron la bienvenida.

Como podría explicarles que no era la mujer de los discursos, ni de los argumentos, ni la de los veintitantos la que caminó hacia él, era la niña de los sueños y las estrellas la que lo abrazó con todas sus fuerzas. 


Él tranquilizó mis huracanes, su amor fue tan grande que me hizo ver la vida de una forma distinta, me llenó de luz, de paz y mis fantasmas por fin se fueron lejos.


Esto es amar y solo ahora lo sé. Él siempre estuvo y yo con él. No imagino pasar mi vida con nadie más, el tenerlo es como si todo el universo sonriera al mismo tiempo para mi y sí, Saramago tenía razón siempre acabamos llegando a donde nos esperan...


[Normalmente elijo para mis historias una hermosa foto que refleje lo que he decidido contarles, pero hoy, mis queridos lectores la foto que sirve de colofón a esta historia es la imagen del futuro papá de Mateo y Sofía, el niño que se convirtió en el hombre de mi vida]



domingo, 15 de enero de 2012

El encantador del tiempo

Yo no sé si era un don, pero lo que aquel hombre hacía con el tiempo era sencillamente asombroso, digno de cualquier clase de milagro. Todo el pueblo hablaba de él, pero nadie lo conocía lo suficiente como para descifrar sus secretos y no había uno solo que se atreviera a preguntar. Era un tipo de esos que imponen a primera vista (y a segunda, y a tercera) más bien sencillo, con unos ojos azules tan profundos como la tristeza que se reflejaba en ellos.
Mil historias se habían tejido alrededor de él, pero nadie podía asegurar que alguna de ellas fuera cierta. Nadie sabía de donde venía ni cuando había llegado al pueblo, los más ancianos apenas si recordaban que una mañana de abril lo vieron caminar por el horizonte, como una figura fantasmal, cubierta por la neblina de las montañas y desde entonces se instaló en su soledad apabullante. En alguna ocasión Remigio, el joven más osado de la región se acercó hasta la montaña y tocó la puerta de aquella cabaña donde vivía el misterioso hombre, los toquidos hicieron eco y retumbaron en cada rincón del pueblo. Después de eso, por dos días no supieron nada del joven.
Cuando por fin regresó al pueblo, Remigio no volvió a pronunciar palabra, sus ojos estaban llenos de miedo, sus lágrimas brotaban incesantes y recorrían sus mejillas hasta rebotar en el suelo.
"Es un brujo", "Es un monstruo", "Es el mismísimo diablo" aseguraban algunos, y es que desde la llegada de aquel hombre no hubo más primaveras, las noches parecían interminables y un viento frío se había apoderado de aquel pueblo que antes había sido soleado y feliz.
Durante muchos años, los pobladores de aquel sitio se organizaron en brigadas nocturnas, pequeños grupos de 10 hombres que permanecían en vela solo observando la colina, por si al encantador del tiempo -como lo habían bautizado- se le ocurría salir de su claustro. En ocasiones llegaron a ver una sombra que se reflejaba con la luz de la luna, pero era tan grande, tan aplastante la sensación de su presencia que nadie se atrevía a pronunciar palabra.
Lucía, la hermana menor de Remigio, estaba llena de rencores contra aquel que le había arruinado la vida a su hermano y las dudas le carcomían el alma. ¿Que había visto Remigio aquellos días que estuvo ausente, porque de pronto se apagó la luz en su pueblo, porque parecía que los días y las noches se fundían en un solo momento?
Sintiéndose con la obligación de averiguarlo, una mañana, después de levantarse, se acercó a Remigio, le tomó la mano y le preguntó que había hecho con él el encantador del tiempo, su primer reflejo fue sonreír para después dar paso a las lágrimas, abrió el puño que había mantenido cerrado y le acercó un pequeño reloj con una cadena despintada, lo puso entre sus manos blancas y suaves y le susurró por primera vez desde que llegó "No fue lo que me hizo él, fue lo que aprendí de él". 
Con mucha más intriga Lucía se levantó y colocando el reloj en su bolso, partió sin decirle a nadie, rumbo a la montaña, quería enfrentarlo y gritarle a la cara la amargura que sentía, mientras subía por el camino sinuoso, pensaba para sus adentros que le diría y un pensamiento era constante, le iba a exigir que se fuera del pueblo y les regresara la luz y los buenos momentos.
Al llegar a la puerta de la casa de la colina, las rodillas le temblaban, un poco por miedo y otro poquito porque la puerta que a lo lejos se veían tan pequeñita, era en realidad una fortaleza de casi 3 metros. Se quedó unos instantes parada frente a ella, tratando de recobrar el aliento. Lucía parpadeó dos veces antes de darse cuenta que la puerta tenía unos extraños grabados que se dividían en cuatro cuadrantes, los dos superiores tenían a un hombre arrodillado ante lo que parecía ser una sombra, un ente indescriptible. El cuadrante inferior izquierdo tenía representadas las horas del día con unas líneas asimétricas, el último cuadrante daba vida al mismo hombre pero ahora sujetaba con fuerza un manto que destellaba. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando la puerta sin empujarla se abrió de repente.
Lucía respiró profundo y apretó el reloj que Remigio le había dado. Entró dando pequeños pasos y no pudo evitar abrir los ojos con sorpresa cuando descubrió que el interior de aquella casa era las entrañas de un reloj de cuerda, sus engranajes, su muelle, su barrilete y su trinquete, su segundero y su minutero estaban ahí. Observó hacia el techo que era altísimo y allá arriba colgaba un doce en número romano, bajo sus pies un seis y a los costados un tres y un nueve respectivamente. 
Brincó de un susto cuando oyó un ruido que provenía del lugar al que ahora apuntaba el minutero, "El encantador del tiempo", dijo casi gritando auxilio.
- "No Lucía, te equivocas, yo no soy el encantador del tiempo, soy el tiempo mismo, tú y todos los que son como tú, pueden llegar a ser tan irónicos que mientras unos viven tan pendientes de mi que se les olvida vivir, otros se olvidan que existo y viven sin reparar en que un día ya no me tendrán más y entonces se querrán aferrar a mi como si así pudieran recobrar lo que han perdido".
- "Te exijo que te vayas y nos regreses lo que éramos antes de ti, por tu culpa Remigio no ha podido pronunciar palabra, no se que hechizos has hecho, ni que magia practiques pero desde tu llegada nada ha sido lo mismo". Le dijo ya con lágrimas en los ojos la muchacha que parecía tan pequeñita estando frente a él.
- "Remigio entendió lo que quizá Ustedes no entiendan. Yo los cambio, inevitablemente los cambio porque yo no estoy solo, me acompañan siempre las experiencias y los momentos vividos y juntos hacemos que las personas sean otras, pero eso no es malo, solo somos como el agua que propicia la evolución. No me odies por cambiarte, deberías odiarme si no lo hiciera, porque entonces sería señal de que no he pasado por ti y eso sí sería imperdonable. Yo puedo ser amigo o enemigo y eso solo lo eliges tú".
Lucía sentía como un escalofrío la recorría al oír sus palabras. "Es mentira, eres un mentiroso, tú eres un maldito impostor que nos exprime las ganas de vivir"
- "Quisiera decirte que me tendrás contigo para enseñarte muchas lecciones, pero no es así Lucía, tú estás aquí porque ya tuviste suficiente de mi, tú misma ahora serás la lección de los otros. No, no me veas con esa cara, se que soy cruel al decírtelo pero la orden de con quien me quedo y con quien no, no es mía, es enteramente tuya. Decidiste venir hasta acá y en el camino has de perderme. Lo siento pero no me tendrás más, aunque entenderás después que el alejarme es solo el inicio de un nuevo viaje".
Y después de decirlo, la sombra del tiempo se esfumó. Lucía lloró amargamente porque sabía lo que vendría. Salió corriendo de aquel extraño lugar, agobiada por lo que acababa de escuchar, se alejaba sin conciencia ya de si misma, con el alma apretujada y las ideas escapando de su cabeza cual prisioneras liberadas. Volvió la vista atrás y su falda se enredo entre sus pies, haciéndola que tropezara con las enormes piedras del camino, rodando cuesta abajo por varios metros. Su cuerpo inerte yacía sin vida al borde de uno de los acantilados. A Lucía se le había acabado el tiempo. Estaba por iniciar un nuevo viaje.

Visitantes

Solo me faltaba enfrentar a los visitantes. Esos que adornaron nuestras vidas en algún momento, esos que una lección tenían que enseñarnos. Solo me faltaba verlos a los ojos y cada uno tuvo su turno.
Primero llegó él, mi visitante, el que estuvo casi mil días a mi lado o mejor dicho, el que mil noches me cegó con la luz de sus ojos. Di unos pasos y por un instante estuve justo frente a él, no pude más que abrazarlo y agradecerle aquellos días en que tomó mi mano. De corazón le di las gracias por las decepciones y por la forma tan dura como me enseñó a valorar lo importante. Por extraño que parezca las gracias también alcanzaron para aquellos momentos en que su piel fue desleal, ya que cada caricia, cada beso que le regalaba a otra, me acercaba cada vez más a mi verdadero camino, sin saberlo me preparaba para la llegada del que ya no se irá.
Después me acerqué a ella, la visitante del que ahora es mi amor y la abracé, sin hipocresías, sin falsas concesiones, la abracé porque ella, en algún momento lo amó y lo hizo feliz. Le di las gracias también porque lo acompañó cuando yo no estaba, porque pasó noches a su lado, porque durmió y soñó con él. Ella solo sonrío y yo sonreí con ella.
Solo me faltaba enfrentar a los visitantes, bendecirlos en su camino y luego de hacerlo, el horizonte esperaba por mi, por nosotros, porque ya no habrá más visitantes, es la promesa que le he hecho al que ahora toma con tanto amor mis manos frías.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Heladería

Desde hace casi 2 meses, me siento en una banca frente a la Parroquia de San Agustín, viendo desde lejos a una conocida. Ella vende helados en una pequeña cafetería ubicada en la acera de enfrente de la iglesia, sonríe pero no tiene una sonrisa genuina, por el contrario utiliza las sonrisas cual accesorio que combina con el atuendo del día.

Todos los días al llegar a la cafetería se persigna frente a una imagen de San Charbel y se coloca su delantal de cuadros azules, siempre en ése riguroso orden, y a continuación descuelga una de esas sonrisas justo porque sabe que llegarán los primeros clientes.
"Sofía", se lee en la placa que porta del lado derecho de su pecho, pero yo no necesito leer la placa para saber su nombre. Sofía tiene la mirada fría como sus helados.

Ella no confía. Cuando la noche asoma sus narices, Sofía baja el escalón que está afuera del local y voltea de izquierda a derecha y luego hacia el frente como temerosa de que alguien la esté observando [y aunque yo lo hago, nunca se percató de mi mirada incisiva] vuelve al interior, cuenta la venta del día y la registra en una libreta de pastas gruesas. Se retira el delantal y sale a cerrar la puerta de 3 chapas con un manojo de llaves que bien podrían haber sido la copia fiel de las de San Pedro.

Sofía ama la rutina, el confort que le da lo que conoce, la certeza de saberse protegida. Se sabe de memoria los sabores de las nieves, pero no recuerda cuándo fue la última vez que se sintió amada. Podría servir con los ojos cerrados esas enormes bolas de helado sobre los conos, pero no sabe donde colocó su sensibilidad, sus ganas de llorar. Ella cuenta todas las noches con precisión cuánto fue lo que ganó, pero no podría ni en mil vidas contarle a alguien sus dolores, su vacío, su soledad. Ella limpia el mostrador pero no puede limpiar sus rencores. Cada mañana observa con atención a cada uno de los clientes pero hoy que he decidido entrar a su fuerte de sabores, no ha querido siquiera voltear a verme, me dio la espalda y las sonrisas se le cayeron como lágrimas. Sofía me conoce, yo la conozco a ella, me sé de memoria sus lunares, y como le tiemblan sus labios cuando está nerviosa. 

- "Sofía, ¿Podrías venderme un helado sencillo de vainilla y si te es posible podrías regalarme tu perdón por haberte fallado tantas veces? El helado te lo pago pero el perdón no habría forma de que pudiera retribuírtelo, tal vez sirva que te diga que ahora soy esclavo de ti, que te veo de lejos y me mata que será siempre así, de lejos porque no podré hacer que regreses, me humillaré si es lo que necesitas, me humillaré frente a ti para que sepas que no mereces fingir sonrisas, que no fuiste tú la que se equivocó, que no debes dejar de creer, que soy un idiota y vaya que lo soy, pero te amo".

Me dolió ver que después de unos minutos de silencio, colocó una de esas sonrisas falsas en su boca, volteó a verme y me dijo sin siquiera titubear:

- "Si me lo permite le haré la recomendación del día, el helado de nuez y frutos secos, es la nueva especialidad de la casa. Y como ha querido Usted que le regale mi perdón y yo hace mucho que no sé donde lo he dejado, mejor voy a darle al 2x1 otra recomendación, aléjese de mi, corra lo más lejos que pueda, porque aquí sonrío, pero allá afuera, en el lugar donde no podría espiarme, he estado guardando mis rencores, mis odios hacia Usted y si regresa, le juro que va a conocer lo que se siente que le raspen el corazón y que le pisoteen el amor propio, voy a congelarle los sentidos y no me detendré hasta que entienda que así como el helado de vainilla no podría jamás estar junto al de limón, tampoco su corazón agrio e insensible, podría jamás estar cerquita de uno cálido y sincero como el mío".

Por instinto di dos pasos hacia atrás, me fui de ahí sin helado de vainilla, sin palabras y sin Sofía, y a la mañana siguiente volví a sentarme junto a la Parroquia de San Agustín, viendo desde lejos pero ahora a una desconocida.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Así de fácil







Aún después de todo yo seguía pensando que salvarías mi vida, que solo a ti te sería fácil alejar a los fantasmas de la soledad, que el camino correcto era el que había elegido a tu lado. Quería ser la fortaleza que necesitabas, la energía que te faltaba, el sentido que a veces no encontrabas, pero no fui nada de eso, me alejé sin sentirlo incluso de lo que yo misma quería ser para ti. Fui la conductora de nuestro destino cuando quería ser tan solo tu compañera de viaje. 

Me guardé abrazos, palabras, caricias que te pertenecían, cometí errores que reconozco pero que de ninguna manera me hacían merecedora de tus engaños. Duele decirlo pero jamás me sentí menos amada por lo que realmente era, al final creo, sin reprocharte nada, que fui un calmante que aminoró por un tiempo tu dolor de estar a solas contigo, con ése que no quieres ser pero que eres, ése que te ve en el espejo cada mañana, con esa mirada juiciosa, con esos ojos hermosos pero llenos de miedo. 

Nunca entendí tu esencia, tu insistencia de inventar una debilidad que no tenías, esa crueldad de ayudarme a poner las piezas de mi corazón en su lugar solo para tener listo un tiro al blanco que te permitiera ensayar tu puntería. Llámame ingenua o ilusa pero aún después de eso me lancé al vacío alentada por tu amor, ni un segundo dejé de confiar y de creer en ti, en nosotros. No hay reproches porque por un momento sentí el viento en mis alas, cerré los ojos y supe que el regalo que me habías hecho era la libertad de volver a ser yo. Tus mentiras solo acortaron un viaje que bien sabíamos que tendría un final. 

No voy a escribir que nuestro adiós fue un beso bajo la luna, ni un te amo entrecortado, ni un reproche ahogado por el llanto, no voy a regalarte ese final. Regresa e inventa una despedida, al menos finjamos que tuvimos una para llevarla a la posteridad de los buenos recuerdos, para que con el paso de los años podamos regresar a esa página de nuestra historia y suspirar por lo que se nos fue de las manos y del corazón. 

Tú eres un amante de las horas, yo soy una aprendiz del tiempo y ambos descubriremos tarde o temprano, que pudimos ser mejores, que amarnos pudo habernos salvado a los dos, que la vida no es fácil pero que dormir al lado de quien quieres la hace menos dura. "Ya defendimos mentiras, sufrimos por tonterías, engañamos a otros y lo que es peor, nos engañamos a nosotros mismos. Si somos buenos guerreros, no nos culparemos por ello, pero tampoco dejaremos que nuestros errores se repitan". 

miércoles, 10 de agosto de 2011

Colección de adioses

¡Cómo reprocharle a quien me ha regalado una herida más para mi colección de adioses!
Me creí fuerte, sentí que volaba y él me obsequió lo de volver a sentirme vulnerable y terrenal. 
¡Cómo pagarle que a cambio de confiarle mi corazón, él me regaló unas hermosas [muy hermosas] lágrimas de cristal en mis ojos!
Eso solo se paga con la certeza de que en cualquier otro lugar [que no sea sus brazos] -mis ilusiones y yo- estaremos mejor.