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viernes, 13 de septiembre de 2013

Todos los niños son mis niños

Sus ojos ahora los veo en todos los ojos, las risas de los otros son también su risa, las incontrolables ganas de proteger su inocencia alcanzan también a esos pequeños que no son míos pero que en realidad si lo son, porque todos somos responsables de ellos. 
 
Por alguna extraña razón, ser padres nos hace padres universales de todos los pequeños del mundo. Es como si ahora todos los niños fueran nuestro niño. El dolor de cualquiera de ellos ahora debe dolernos mucho más, todo aquello que les borre la sonrisa nos la debe borrar a nosotros también.
 
Todos los niños deberían tener el derecho de nacer libres, iguales, sin ataduras ni complejos, sin riquezas ni pobrezas, sin destinos marcados. Deberían poder ser lo que quieran, deberían conservar su alma pura hasta que la edad adulta los sorprenda de repente.
 
No son ellos responsables de proveer a la familia con su trabajo, por el contrario deberían jugar eternamente mientras puedan y soñar con princesas y castillos. Debería dolerles la panza por comer tantos dulces y no por no tener que comer, tendrían que abrir sus ojos grandes sorprendidos por los colores del mundo y no por las injusticias de la vida.
 
Ellos tienen la obligación de reír a carcajadas y nosotros tenemos la obligación de respetarlos y animarlos a ser ellos, sin límites ni condiciones, sin diferencias de credo ni raciales, sin heredarles prejuicios que ellos no entienden, porque ellos son la nueva humanidad, nuestra única esperanza de salvarnos de tanta destrucción.
 
Yo no tengo solo un hijo, todos los niños son mis niños, porque en el mundo que quiero construir para mi hijo caben todos los pequeños como él.
 
 

viernes, 9 de agosto de 2013

Lazo invisible, etéreo

La vida está llena de momentos que te hacen ser, instantes que te sorprenden y te dejan sin aliento, días oscuros y noches de luz, caminos cuesta arriba y épocas memorables. Mi vida no ha estado exenta de ellos, pero ahora toda mi felicidad se resume en un solo segundo, aquel en el que sus ojos me vieron por primera vez, esa minúscula porción de tiempo en la que su mano cálida tomó la mía haciéndome entender que ya nunca más sería la misma.
Hay cosas que te cambian por completo y verlo llegar a mi vida fue una de ellas; no sabía lo que era amar tan intensamente y a la vez con una serenidad que todo lo llena, no imaginaba la fuerza que me daría con tan solo sentirlo a mi lado.
No sé si había estrellas en el cielo esa noche, desde donde estaba no podía saberlo, pero que importaba si yo ya tenía una entre mis manos, la más linda, la que iluminaba todos los rincones oscuros de mi alma. Llegó y comenzó a llover, como una premonición de que llegaría para limpiarlo todo dentro y fuera de mí, llenando con su presencia un espacio que siempre había estado reservado sólo para él.
Ni siquiera tuve que decirle que lo amaba, cuando lo besé, él supo que iba a amarlo de por vida y parecía como si sus temores de haber llegado hubieran desaparecido porque las lágrimas en sus mejillas dejaron de correr y sonrió, y yo nunca olvidaré esa sonrisa que parecía decirme: "Sé quien eres".
Esa madrugada mágica ambos hicimos un pacto en silencio, cuando todos se habían ido, cuando él, cansado del viaje se recostó sobre mi pecho y en aquella sala solo podíamos sentir nuestros corazones, esos que siempre latieron juntos. Yo le prometí que mi amor por él no se acabaría jamás, que sin importar las veces que fallara, que se equivocara, que cayera yo estaría ahí, que verlo a mi lado y compartirlo todo juntos  serían siempre mis prioridades, que por encima de mí estaría siempre él, que ese lazo que hasta hacía unos minutos nos había mantenido inseparables permanecería eternamente pero ahora invisible, etéreo.
Es cierto, la vida está llena de instantes y de milagros maravillosos, pero ese momento en que el milagro de Dios se hizo presente en mí al convertirme en su instrumento de amor, fue el que le dió sentido a mi existir. Ese momento en el que todos dormían, no solo  estaba naciendo un nuevo día en el horizonte, también nacía una mamá, la mamá que siempre seré para él, ese momento que cambió mi visión de la vida, el momento en el que supimos que ambos nos pertenecíamos para siempre.

domingo, 30 de diciembre de 2012

He de confesar que amo a dos hombres

Irremediablemente la vida me sorprende una vez más, y justo cuando creí que no podía ser todo más perfecto, el camino a recorrer da un giro inesperado. Los días me retan, como queriendo poner a prueba a la mujer que está segura de su vida y de sus decisiones, como preguntándome si estoy lista para afrontar aquello que siempre quise tener.

La situación es que he decidido confesar que amo a dos hombres. Antes de emitir cualquier crítica me permito también informarles que mi cabeza no escucha razonamientos, tan solo los ama locamente, sin límites y sin pausas. Sí, se que para muchos ningún argumento que pueda darles vale lo suficiente como para entenderme, pero tampoco exijo que me comprendan, tan solo quiero confesarlo. Es así de sencillo y maravilloso a la vez, mi corazón melancólico y soñador ama a dos hombres con una intensidad que hasta ahora no conocía. No podría decidirme por uno, ahora los dos son mi vida, mi inspiración, mi fuerza, mi refugio. Ambos me hacen ser lo que soy.

Uno me encontró siendo una niña, se enamoró de mi por lo que era y decidió amarme por lo que ahora soy. El otro me proyecta a lo que siempre quise ser, me llena de ilusión y me hace esperar ansiosa un futuro que se aproxima.

Uno de ellos es mi faro de luz, el que me guía aún cuando la tormenta amenace el mar de mi existencia. El otro espera mis brazos, quiere que yo esté para él, no da treguas, me necesita para vivir.

Uno es mi sueño, el otro mi desvelo. Uno me mira con esos ojos apasionados y constantes que me hacen sentir compañera, mujer. El otro tiene una mirada tierna que me provoca besarlo y tomarlo entre mis brazos para que nunca nada pueda alejarlo de mí.

Uno me toma en cuenta, adivina mis pensamientos, me tiene presente a cada minuto, me ha hecho parte de su vida. El otro hace su voluntad sin preguntarme qué es lo que deseo, me cambió por completo, me hizo estar pendiente de sus necesidades antes que las mías. 

Uno ha sido mi amor eterno, aquel que ha permanecido constante a lo largo de los años. El otro es un destello intermitente que brillaba en el cielo cual estrella pero que de pronto se apareció, cambiando el rumbo de mi vida.

Uno me ha hecho una promesa de amor eterno que ha llenado mi alma entera. El otro ha llegado como un torrente que con su fuerza lo  inunda todo de una magia indescriptible.

Tengo la certeza de que uno de ellos estará conmigo siempre, me verá envejecer y sostendrá mi mano cuando ya no pueda caminar por mi misma. El otro me amará por siempre, pero no siempre estará conmigo porque sé, que llegará un día en que deba verlo partir.

He de confesar que amo a dos hombres y sospecho que los dos lo saben, pero ninguno me reprocha nada porque gracias a uno conocí al otro, es más, en el fondo creo que hasta se parecen, tienen gustos similares porque los dos me escogieron a mí, uno como su esposa, el otro como su mamá.


viernes, 24 de agosto de 2012

Los que aman [Infinito]


Caminamos a paso lento, tenemos la mirada puesta en el futuro, nada de lo que pasa alrededor puede cambiarnos. Sí, es cierto vamos desentonando con el mundo, ése que nos observa como si fuéramos fantasmas, pero a nosotros no nos importa porque lo que vale es el reflejo propio, visto en esos ojos que nos dicen tanto. De vez en cuando el mundo intenta comprendernos, hace una pausa y nos envidia. Pero nosotros seguimos dóciles, encantados, rodeados de una magia sublime. El mundo nos concede una tregua y de pronto se detiene al ver que nos besamos, no hay sonidos, no hay tiempo, no hay gente cuando estamos juntos. No hay olvido, no hay memoria, solo estamos nosotros, solo existimos cuando nos nombramos, no hay otra voz, otra mirada, otro abrazo que nos haga ser. La lluvia no nos moja, la costumbre no nos mata, la distancia no nos separa. Nos han llamado de mil formas, nos han dicho que esto que sentimos es pasajero, que nada dura lo suficiente para ser eternamente bueno, pero nosotros nos contemplamos con dulzura y seguimos siendo incrédulos de lo que dicen, nos aferramos a la comunión de nuestros cuerpos. El mundo podrá hablar simplemente porque tiene voz, pero a nosotros esa voz no nos toca, no nos mancha, seguimos inmaculados porque no escuchamos, porque somos sordos y solo distinguimos el sonido que produce el latir del corazón. Sí, es cierto vamos cada día desentonando más con el mundo, pero que maravillosa forma de demostrarle al universo que en él encontré mi trozo de infinito.

Con un enorme agradecimiento a la vida por celebrar hoy la llegada en el pasado de mi razón de vivir. 
¡Feliz cumpleaños a mi trozo de infinito!

domingo, 15 de enero de 2012

El encantador del tiempo

Yo no sé si era un don, pero lo que aquel hombre hacía con el tiempo era sencillamente asombroso, digno de cualquier clase de milagro. Todo el pueblo hablaba de él, pero nadie lo conocía lo suficiente como para descifrar sus secretos y no había uno solo que se atreviera a preguntar. Era un tipo de esos que imponen a primera vista (y a segunda, y a tercera) más bien sencillo, con unos ojos azules tan profundos como la tristeza que se reflejaba en ellos.
Mil historias se habían tejido alrededor de él, pero nadie podía asegurar que alguna de ellas fuera cierta. Nadie sabía de donde venía ni cuando había llegado al pueblo, los más ancianos apenas si recordaban que una mañana de abril lo vieron caminar por el horizonte, como una figura fantasmal, cubierta por la neblina de las montañas y desde entonces se instaló en su soledad apabullante. En alguna ocasión Remigio, el joven más osado de la región se acercó hasta la montaña y tocó la puerta de aquella cabaña donde vivía el misterioso hombre, los toquidos hicieron eco y retumbaron en cada rincón del pueblo. Después de eso, por dos días no supieron nada del joven.
Cuando por fin regresó al pueblo, Remigio no volvió a pronunciar palabra, sus ojos estaban llenos de miedo, sus lágrimas brotaban incesantes y recorrían sus mejillas hasta rebotar en el suelo.
"Es un brujo", "Es un monstruo", "Es el mismísimo diablo" aseguraban algunos, y es que desde la llegada de aquel hombre no hubo más primaveras, las noches parecían interminables y un viento frío se había apoderado de aquel pueblo que antes había sido soleado y feliz.
Durante muchos años, los pobladores de aquel sitio se organizaron en brigadas nocturnas, pequeños grupos de 10 hombres que permanecían en vela solo observando la colina, por si al encantador del tiempo -como lo habían bautizado- se le ocurría salir de su claustro. En ocasiones llegaron a ver una sombra que se reflejaba con la luz de la luna, pero era tan grande, tan aplastante la sensación de su presencia que nadie se atrevía a pronunciar palabra.
Lucía, la hermana menor de Remigio, estaba llena de rencores contra aquel que le había arruinado la vida a su hermano y las dudas le carcomían el alma. ¿Que había visto Remigio aquellos días que estuvo ausente, porque de pronto se apagó la luz en su pueblo, porque parecía que los días y las noches se fundían en un solo momento?
Sintiéndose con la obligación de averiguarlo, una mañana, después de levantarse, se acercó a Remigio, le tomó la mano y le preguntó que había hecho con él el encantador del tiempo, su primer reflejo fue sonreír para después dar paso a las lágrimas, abrió el puño que había mantenido cerrado y le acercó un pequeño reloj con una cadena despintada, lo puso entre sus manos blancas y suaves y le susurró por primera vez desde que llegó "No fue lo que me hizo él, fue lo que aprendí de él". 
Con mucha más intriga Lucía se levantó y colocando el reloj en su bolso, partió sin decirle a nadie, rumbo a la montaña, quería enfrentarlo y gritarle a la cara la amargura que sentía, mientras subía por el camino sinuoso, pensaba para sus adentros que le diría y un pensamiento era constante, le iba a exigir que se fuera del pueblo y les regresara la luz y los buenos momentos.
Al llegar a la puerta de la casa de la colina, las rodillas le temblaban, un poco por miedo y otro poquito porque la puerta que a lo lejos se veían tan pequeñita, era en realidad una fortaleza de casi 3 metros. Se quedó unos instantes parada frente a ella, tratando de recobrar el aliento. Lucía parpadeó dos veces antes de darse cuenta que la puerta tenía unos extraños grabados que se dividían en cuatro cuadrantes, los dos superiores tenían a un hombre arrodillado ante lo que parecía ser una sombra, un ente indescriptible. El cuadrante inferior izquierdo tenía representadas las horas del día con unas líneas asimétricas, el último cuadrante daba vida al mismo hombre pero ahora sujetaba con fuerza un manto que destellaba. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando la puerta sin empujarla se abrió de repente.
Lucía respiró profundo y apretó el reloj que Remigio le había dado. Entró dando pequeños pasos y no pudo evitar abrir los ojos con sorpresa cuando descubrió que el interior de aquella casa era las entrañas de un reloj de cuerda, sus engranajes, su muelle, su barrilete y su trinquete, su segundero y su minutero estaban ahí. Observó hacia el techo que era altísimo y allá arriba colgaba un doce en número romano, bajo sus pies un seis y a los costados un tres y un nueve respectivamente. 
Brincó de un susto cuando oyó un ruido que provenía del lugar al que ahora apuntaba el minutero, "El encantador del tiempo", dijo casi gritando auxilio.
- "No Lucía, te equivocas, yo no soy el encantador del tiempo, soy el tiempo mismo, tú y todos los que son como tú, pueden llegar a ser tan irónicos que mientras unos viven tan pendientes de mi que se les olvida vivir, otros se olvidan que existo y viven sin reparar en que un día ya no me tendrán más y entonces se querrán aferrar a mi como si así pudieran recobrar lo que han perdido".
- "Te exijo que te vayas y nos regreses lo que éramos antes de ti, por tu culpa Remigio no ha podido pronunciar palabra, no se que hechizos has hecho, ni que magia practiques pero desde tu llegada nada ha sido lo mismo". Le dijo ya con lágrimas en los ojos la muchacha que parecía tan pequeñita estando frente a él.
- "Remigio entendió lo que quizá Ustedes no entiendan. Yo los cambio, inevitablemente los cambio porque yo no estoy solo, me acompañan siempre las experiencias y los momentos vividos y juntos hacemos que las personas sean otras, pero eso no es malo, solo somos como el agua que propicia la evolución. No me odies por cambiarte, deberías odiarme si no lo hiciera, porque entonces sería señal de que no he pasado por ti y eso sí sería imperdonable. Yo puedo ser amigo o enemigo y eso solo lo eliges tú".
Lucía sentía como un escalofrío la recorría al oír sus palabras. "Es mentira, eres un mentiroso, tú eres un maldito impostor que nos exprime las ganas de vivir"
- "Quisiera decirte que me tendrás contigo para enseñarte muchas lecciones, pero no es así Lucía, tú estás aquí porque ya tuviste suficiente de mi, tú misma ahora serás la lección de los otros. No, no me veas con esa cara, se que soy cruel al decírtelo pero la orden de con quien me quedo y con quien no, no es mía, es enteramente tuya. Decidiste venir hasta acá y en el camino has de perderme. Lo siento pero no me tendrás más, aunque entenderás después que el alejarme es solo el inicio de un nuevo viaje".
Y después de decirlo, la sombra del tiempo se esfumó. Lucía lloró amargamente porque sabía lo que vendría. Salió corriendo de aquel extraño lugar, agobiada por lo que acababa de escuchar, se alejaba sin conciencia ya de si misma, con el alma apretujada y las ideas escapando de su cabeza cual prisioneras liberadas. Volvió la vista atrás y su falda se enredo entre sus pies, haciéndola que tropezara con las enormes piedras del camino, rodando cuesta abajo por varios metros. Su cuerpo inerte yacía sin vida al borde de uno de los acantilados. A Lucía se le había acabado el tiempo. Estaba por iniciar un nuevo viaje.